Gobernar la complejidad

Juanjo Martinez Pagan

Presidente del Grupo de IT Digital de AUTELSI. Fundador y CEO de ThousandGuards

Durante décadas, las organizaciones han invertido enormes esfuerzos en incorporar nuevas tecnologías. Primero fueron las redes corporativas, después Internet, la movilidad, el cloud, la automatización y, más recientemente, la Inteligencia Artificial.

Sin embargo, el reto que hoy enfrentan muchas organizaciones ya no es adoptar tecnología. El verdadero reto consiste en gobernarla.

El verdadero reto consiste en gobernarla.

La velocidad a la que evolucionan las capacidades tecnológicas ha superado la velocidad a la que evolucionan nuestras estructuras organizativas, nuestros modelos de liderazgo y nuestros mecanismos de gobierno. Y es precisamente en esa diferencia de velocidades donde surge uno de los mayores desafíos para los responsables de tecnología, negocio, seguridad y transformación digital.

Una nueva era tecnológica

Durante muchos años las TIC se desarrollaron en entornos relativamente centralizados y predecibles. Los departamentos de tecnología seleccionaban las plataformas corporativas, las implantaban y mantenían un elevado grado de control sobre la arquitectura resultante.

Hoy el escenario es radicalmente distinto.

La adopción masiva del cloud, la proliferación de servicios SaaS, la democratización de la Inteligencia Artificial, el desarrollo ciudadano, la hiperconectividad y la creciente autonomía de las áreas de negocio han transformado profundamente las infraestructuras tecnológicas y los procesos que se ejecutan sobre ellas.

La tecnología ya no reside únicamente en los departamentos de TI. Se encuentra distribuida por toda la organización.

Los datos se crean, transforman, comparten y consumen continuamente. Las decisiones tecnológicas están cada vez más descentralizadas. Los ecosistemas digitales incorporan proveedores, plataformas externas y servicios globales que evolucionan a una velocidad difícil de seguir.

Los datos se crean, transforman, comparten y consumen continuamente.

La gobernanza TIC, que durante años fue una disciplina relativamente madura, se enfrenta ahora a un escenario completamente nuevo.

Y la realidad es evidente: la tecnología está evolucionando más rápido que los modelos diseñados para gobernarla.

Gobernar no consiste en eliminar el riesgo

Ante esta situación, la reacción natural podría ser reforzar los mecanismos de control. Sin embargo, la experiencia demuestra que ese camino tiene importantes limitaciones.

En numerosas conversaciones con CIOs, CISOs y responsables de gobierno tecnológico aparece una reflexión recurrente: una organización puede aceptar determinados riesgos, pero difícilmente puede aceptar perder competitividad.

Ningún responsable de seguridad quiere convertirse en el motivo por el que una organización deja de innovar, pierde agilidad o es incapaz de responder a las necesidades de negocio.

Al fin y al cabo, si la organización deja de generar valor, deja también de tener sentido aquello que pretendemos proteger.

Por eso el objetivo del gobierno TIC ya no puede consistir exclusivamente en evitar riesgos.

La pregunta relevante ha pasado a ser otra:

¿Qué nivel de riesgo estamos dispuestos a aceptar para mantener nuestra capacidad de innovar y competir?

La función del gobierno no debería ser decir sistemáticamente «no».

Su función consiste en encontrar formas de decir «sí» manteniendo el riesgo dentro de niveles aceptables y conocidos.

La cuestión deja de ser cómo impedir determinadas actividades y pasa a ser cómo realizarlas de forma controlada.

La cuestión deja de ser cómo impedir determinadas actividades y pasa a ser cómo realizarlas de forma controlada.

El dato y la IA desplazan el centro de gravedad

Si existe un elemento que resume la transformación actual, ese elemento es el dato.

En la economía digital, el valor de las organizaciones reside cada vez más en la información que generan, gestionan y utilizan para tomar decisiones.

Pero los datos ya no son activos estáticos.

Se crean constantemente. Se transforman. Se mueven entre plataformas. Se comparten con terceros. Alimentan procesos automatizados. Se utilizan para entrenar modelos de Inteligencia Artificial. Aparecen en repositorios corporativos, plataformas cloud, correos electrónicos, dispositivos personales, aplicaciones de negocio y herramientas colaborativas.

El perímetro tradicional prácticamente ha desaparecido.

Al mismo tiempo, la Inteligencia Artificial ha introducido una nueva dimensión.

Hasta ahora podíamos distinguir entre infraestructura física e infraestructura software. Hoy comenzamos a convivir con una tercera capa que podríamos denominar infraestructura cognitiva.

Una capa formada por modelos, asistentes inteligentes, agentes autónomos y sistemas capaces de procesar información, generar conocimiento, recomendar acciones e incluso participar en procesos de decisión.

Aunque técnicamente forman parte del software, presentan características diferenciales. Aprenden. Evolucionan. Interactúan con información cambiante. Operan con niveles crecientes de autonomía. Y su comportamiento no siempre puede describirse mediante reglas deterministas tradicionales.

Esta nueva infraestructura cognitiva multiplica extraordinariamente la capacidad de generar valor, pero también incrementa la complejidad del gobierno.

¿Cómo sabemos qué información existe realmente?

¿Cómo la clasificamos?

¿Quién accede a ella?

¿Qué políticas deben aplicarse?

¿Cómo supervisamos su utilización?

¿Cómo demostramos que seguimos manteniendo el control?

Las políticas siguen siendo necesarias, pero ya no son suficientes.

La gobernanza necesita complementarse con mecanismos capaces de proporcionar visibilidad, trazabilidad, supervisión continua y evidencias objetivas

La gobernanza necesita complementarse con mecanismos capaces de proporcionar visibilidad, trazabilidad, supervisión continua y evidencias objetivas sobre lo que está ocurriendo realmente.

La soberanía en la era de la infraestructura cognitiva

La aparición de esta nueva infraestructura cognitiva introduce además una cuestión especialmente relevante: la soberanía.

Durante años nos hemos preocupado por la soberanía de las infraestructuras y, posteriormente, por la soberanía de los datos.

La Inteligencia Artificial plantea ahora una nueva dimensión.

¿Seguimos siendo soberanos sobre nuestros procesos de decisión?

Muchas de las herramientas que utilizamos obtienen buena parte de su valor precisamente de operar sobre modelos de conocimiento globales. Motores de búsqueda, plataformas digitales y sistemas de Inteligencia Artificial se benefician del conocimiento agregado de millones de usuarios en todo el mundo.

Queremos aprovechar esa enorme capacidad colectiva porque genera productividad, innovación y acceso al conocimiento.

Pero simultáneamente queremos preservar nuestra autonomía, nuestra privacidad, nuestros valores y nuestra capacidad de decidir.

La soberanía deja entonces de ser únicamente una cuestión tecnológica.

Empieza a convertirse en una cuestión estratégica.

No se trata solo de dónde residen los datos o quién opera las infraestructuras.

Se trata también de comprender cómo se construyen las recomendaciones que recibimos, qué información utilizan los sistemas inteligentes y hasta qué punto seguimos manteniendo el control sobre decisiones cada vez más apoyadas por algoritmos.

Se trata también de comprender cómo se construyen las recomendaciones que recibimos, qué información utilizan los sistemas inteligentes y hasta qué punto seguimos manteniendo el control sobre decisiones cada vez más apoyadas por algoritmos.

El reto ya no es tecnológico

Paradójicamente, la mayoría de las organizaciones ya disponen de más tecnología de la que son capaces de gobernar eficazmente.

Por ello, muchos de los desafíos actuales no son tecnológicos sino organizativos.

La tecnología existe.

Las herramientas existen.

La capacidad de innovación existe.

Lo difícil es construir modelos de gobierno capaces de operar en un entorno donde las decisiones están distribuidas, los datos se mueven continuamente y la innovación se produce en múltiples puntos de la organización.

Aparecen nuevos roles. Se multiplican los responsables. Los límites entre negocio, tecnología, dato, seguridad, cumplimiento e Inteligencia Artificial se vuelven cada vez más difusos.

Y surgen preguntas que ninguna herramienta puede responder por sí sola:

¿Quién decide?

¿Quién supervisa?

¿Quién asume el riesgo?

¿Cómo se coordinan las distintas áreas?

La respuesta no está únicamente en la tecnología.

Está en el liderazgo, en la cultura organizativa y en la construcción de modelos de gobierno cooperativos capaces de coordinar responsabilidades distribuidas.

Del control a la creación de valor

Quizá una de las transformaciones más importantes que estamos viviendo es la evolución del propio concepto de gobierno.

Tradicionalmente asociábamos gobernar con controlar.

Hoy gobernar consiste cada vez más en habilitar.

No existe un modelo único válido para todas las organizaciones.

Cada una debe encontrar su propio equilibrio entre innovación y control, entre autonomía y supervisión, entre velocidad y resiliencia, entre centralización y responsabilidad distribuida.

Porque las necesidades competitivas, regulatorias y operativas son diferentes en cada caso.

Y corresponde a los equipos directivos encontrar ese punto de equilibrio que permita simultáneamente innovar, proteger, crecer y generar confianza.

Cuando el gobierno funciona correctamente deja de percibirse como una restricción.

Se convierte en una palanca de creación de valor.

Gobernar la complejidad

Y este es, probablemente, el verdadero reto de nuestra época.

No se trata de gobernar una tecnología concreta.

No se trata de implantar una herramienta específica.

Se trata de gobernar una complejidad creciente, dinámica y llena de incertidumbres.

Se trata de gobernar una complejidad creciente, dinámica y llena de incertidumbres.

Un desafío que ningún departamento puede afrontar por sí solo.

Requiere liderazgo colectivo.

Requiere colaboración entre negocio, tecnología, seguridad, cumplimiento, gestión del dato y transformación digital.

Requiere construir equipos de gobierno multidisciplinares capaces de tomar decisiones informadas en entornos cada vez más cambiantes.

Conclusión

La innovación tecnológica seguirá acelerándose.

La Inteligencia Artificial, la automatización, los ecosistemas digitales y las nuevas formas de colaboración continuarán transformando nuestras organizaciones durante los próximos años.

Pero la diferencia entre las organizaciones que liderarán esta nueva etapa y aquellas que sufrirán la complejidad no estará únicamente en la tecnología que adopten.

Estará, sobre todo, en cómo sean capaces de gobernarla.

Porque las organizaciones del futuro no serán necesariamente las que dispongan de más tecnología.

Serán las que consigan utilizarla para generar más valor, más resiliencia, más sostenibilidad y una mayor responsabilidad hacia sus empleados, clientes y la sociedad en su conjunto.